Tendría yo unos ocho años.
Estaba en casa de mis abuelos y mi tía M. (tan solo cuatro años mayor que yo) tenía que bajar a la papelería a comprar algo.
No le apetecía bajar sola y me pidió que la acompañara. No me apetecía y le dije que no.
Ella siguió insistiendo. Yo seguía sin querer bajar.
Ella sabía bien que en su cuarto tenía mil tonterías que para mi eran tesoros y en vista de que con insistir no conseguía nada decidió cambiar de táctica y pasar al chantaje: “Si bajas conmigo te doy esto” me dijo.
Yo me quedé con los ojos como platos pensando lo que me gustaría tener aquello (recuerdo bien la situación pero no recuerdo los objetos en cuestión) pero ya había dicho que no, y no podía dar marcha atrás así que contesté de nuevo que no.
Mi tía siguió aumentando la oferta; recuerdo que al cabo de un rato la mesita pequeña estaba llena de objetos que había codiciado cada vez que íbamos a su casa. Pero había dicho que no antes de que me ofreciera nada y ahí me mantuve así que al final mi tía tuvo que bajar sola y yo me quedé mirando con tristeza todo lo que pude haber tenido y, por una cuestión de principios/cabezonería, rechacé.
Unos cuantos años más sigo exactamente igual que entonces, estoy aquí a la espera de llevar a cabo un plan B solo porque, por diversas razones, ya he dicho que no a un plan A que me apetecía mucho más que el plan B.
Soy capaz de rechazar cualquier cosa por mucho que me apetezca por testarudez, principios y orgullo.
Ya que en 2005 he conseguido domar un poco mi amargura a base de sudamina a ver si en 2006 consigo dejar de perderme cosas buenas solo por cabezota.
