27.11.07

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Hay situaciones que sabes que acabarán llegando pero son difíciles y tratas de evitar pensar en ellas.
Sin embargo, a veces los acontecimientos se encargan de recordarte ese futuro negro que te espera, agazapado tras la esquina.
Hace dos días mi madre se cayó y se rompió dos costillas. Del ambulatorio nos mandaron al Hospital y allí sentí la soledad.
La soledad de estar esperando yo allí sola, sin más familia (mi padre está trabajando fuera) sin nadie que me hiciera menos tensa la espera (cuando estás rodeado de tragedia y familias llorando es inevitable que se te pase de todo por la cabeza, especialmente si estás solo) y sin poder moverme del sitio por si me llamaban.
Y esto me trajo a la mente el problema que no quiero afrontar, el cómo me las voy a apañar en el futuro, cuando mis padres sean mayores y no puedan hacer las cosas por sí solos.
Mucha gente opina que qué suerte ser hija única. Pues cuando los padres son mayores el ser hija única es un marrón tan grande como el ser madre soltera.
Y de momento sólo me preocupa esto… Cuando mis padres no estén y sea yo mayor… yo sí que no tendré quién cuide de mi, ni hijos, ni hermanos, ni sobrinos…
Para rematar lo bien de ánimos que estoy estos días, el que se supone que es mi mejor amigo se ha cabreado conmigo por decirle dos verdades más grandes y obvias que un templo. Y no da pie a diálogo, con ‘no voy a entrar al trapo’ da por zanjado el tema. Así es cómo me demuestra que no tengo razón, eso son argumentos y lo demás es tontería.
Y encima amenaza con pedirme de vuelta la cámara que me ha prestado para clase de foto que es al fin y al cabo lo único que me alegra entre semana.
Guay. Todo guay.