Estuvimos juntos siete meses.
Que es lo más que he durado tras los tres años con S.
Ambos sabíamos que nuestra relación no iba a ninguna parte. Nos llevamos muy bien y hay mucha atracción física por ambas partes. Pero ni él es el hombre de mi vida ni yo la mujer de su vida.
Creo que es por eso precisamente por lo que es el único ex con el que me sigo llevando bien y manteniendo contacto casi diario -aunque sea por emilio- porque como no estábamos enamorados, simplemente éramos dos amigos con derecho a roce, no hubo dolor en la ruptura.
Desde que le dejé, en enero, nos habíamos visto dos veces más. La atracción estaba ahí latente, escondida. Las dos veces al despedirnos acabábamos besándonos.
Anoche volvimos a vernos.
Esperaba que pasara. Pero también esperaba que no lo dejara para el último minuto. Y mi orgullo (que es la tapadera de mi inseguridad) me impide dar yo el paso.
Se hace la hora de irme. Le voy a dar los dos besos de despedida y me planta la boca en vez de la mejilla.
Me entra la risa.
Él: De que te ries?
Ella: De nada
Me sigue besando.
Ella: Siempre haces lo mismo, en el último momento.
Él se encoje de hombros.
Ella: Por eso me rio: has tenido toda la noche ¡
Él (con toda la razón): Anda, y tú ¡
Ella: Pero yo me tengo que ir ya, mi autobús espera
Él: Te puedes quedar más tiempo y esperamos al siguiente
Ella (orgullosa y ofendida): No, ahora YA NO
Ella se va. Y se queda con su orgullo que no le vale de nada.
Menuda tontería el orgullo.
Próximo capítulo a finales de agosto, se supone que nos vamos juntos de viaje.
